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Mohamed El Ghaidouni, 18/08/2025
El octavo aniversario de los atentados de Barcelona y Cambrils vuelve a evidenciar la unidad de la sociedad catalana frente al terror, mientras algunas voces políticas intentan reabrir heridas con un discurso de confrontación.
Las palabras del secretario general de VOX, Ignacio Garriga, en el octavo aniversario de los atentados de Barcelona y Cambrils, vuelven a situar el foco en una peligrosa estrategia política: la equiparación del terrorismo con toda una religión y con una comunidad que, paradójicamente, fue la más golpeada por aquella tragedia.
En efecto, la comunidad musulmana catalana resultó profundamente afectada en 2017: no solo por las víctimas directas de los atentados, sino porque los terroristas utilizaron su fe para justificar el horror, distorsionando el islam y atentando contra la convivencia de todos. En palabras reiteradas en estos días por el presidente de UCIDCAT, «los terroristas nos han matado utilizando nuestra fe y nuestra religión».
Lo que sucedió tras aquellos hechos demostró el verdadero espíritu de Cataluña: miles de ciudadanos, independientemente de su religión o convicciones, salieron juntos a las calles para condenar sin fisuras la barbarie. Fue una respuesta unánime, plural y enérgica, que envió un mensaje claro: el terrorismo no logrará dividirnos.
Es por ello que resulta especialmente grave que se pretenda, ocho años después, instrumentalizar la memoria de las víctimas para proyectar un discurso islamófobo. Vincular a toda una religión con el terrorismo supone no solo una falsedad histórica y moral, sino también un combustible para nuevas fracturas sociales.
Hoy, como bien advierten las entidades comunitarias, la amenaza de la extrema derecha no es menor que la del terrorismo. Ambas buscan lo mismo: dividir la sociedad, inocular el miedo, enfrentar a comunidades entre sí y dinamitar la convivencia. Una lo hace con bombas y violencia, la otra con discursos y políticas de exclusión. El resultado que persiguen es el mismo: el caos y la desconfianza.
Frente a este doble desafío, la respuesta de la sociedad catalana debe seguir siendo la misma que en agosto de 2017: unidad, solidaridad y una defensa firme de los valores democráticos. Cataluña ya demostró que sabe resistir al terror con dignidad y sin caer en el odio. Y ese es el camino que debe prevalecer frente a quienes intentan instrumentalizar el dolor para obtener réditos políticos.